Aunque tengan características similares a las plantas que se encuentran en la tierra, como la fotosíntesis, las algas son organismos más complejos que dificultan no solo su control y manejo, sino también una posible explotación, a pesar de ser un recurso relativamente abundante.
Si bien en la actualidad existen esfuerzos para la domesticación y explotación de diversas algas, principalmente por países asiáticos; en México, el Cinvestav Mérida ha dado importantes pasos para poder aprovechar una especie nativa de la Península de Yucatán que pueden emplearse en el sector alimenticio: la Eucheumatopsis isiformis.
Conocida por los pobladores de la región también como “tzil”, por su consistencia viscosa, esta macroalga roja había pasado desapercibida en la Península de Yucatán debido a que esta zona se caracteriza más por el aprovechamiento de la pesca que por la explotación de algas.
Sin embargo, al reconocerse como una especie rica en una sustancia de alto valor comercial llamada carragenina (con un mercado de mil 800 millones de dólares al año), se ha visto a la explotación de la Eucheumatopsis isiformis como una alternativa para los periodos de veda en la pesca.
La carragenina es un aditivo natural de grado alimentario usada como emulsionante y gelificante en productos alimenticios, principalmente en productos proteicos, como yogures, embutidos y, recientemente, en leches vegetales.

Daniel Robledo y Yolanda Freile Pelegrín, investigadores del Cinvestav Mérida, han estudiado por más de tres décadas la Eucheumatopsis isiformis y, aunque durante los primeros años hubo poco interés, recientemente el uso de las algas para consumo humano o su aprovechamiento en el mercado de cosméticos ha puesto de nuevo en boga su explotación y comercialización a nivel mundial, por lo que vislumbra un nicho de oportunidades para esta macroalga roja endémica de Yucatán.
Al estudiar la Eucheumatopsis isiformis durante las diversas estaciones del año, el grupo de investigación del Cinvestav Mérida determinó que el rendimiento de carragenina se mantenía bastante alto, aproximando un 40 por ciento en peso seco, lo cual hace a esta alga de interés económico.
Pero uno de los principales problemas en el cultivo de las algas a nivel mundial es la pérdida de variabilidad genética, lo que se traduce en menor rentabilidad, por lo que el reto para el caso del alga yucateca es mantener su alto rendimiento.

Para hacer una explotación de esta alga, lo ideal es poder “cultivarla” en granjas marinas, por lo cual es preciso reproducirla de manera controlada y es ahí donde cobra relevancia el trabajo científico, ya que de manera natural el proceso en el que el alga suelta las esporas va de la mano con la cantidad de luz y temperatura del mar Caribe, lo cual no es posible replicar en granjas o en laboratorio.
“Al ser imposible simular esas condiciones, propusimos emplear un compuesto llamado putrescina, que es una poliamina involucrada en la degradación proteica, pero que al incorporarla a ciertas concentraciones a un alga se podía inducir el proceso de maduración para generar la esporulación (generación de esporas) y reducir el tiempo de destete del alga que está en laboratorio para que la espora crezca rápidamente y sea trasladada al mar”, explicó Robledo Ramírez.
Este paso es trascendental para iniciar la “domesticación” de la macroalga Eucheumatopsis isiformis, por lo que, a decir del investigador del Cinvestav Mérida, más adelante será necesario estudiar el organismo en condiciones de cultivo en el mar para identificar si mantiene el rendimiento de carragenina y entonces establecer la viabilidad de granjas de algas para su explotación.

